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viernes, 14 de septiembre de 2012

viernes, 14 de septiembre de 2012

"Té para tres" Cap.2 de Kuro na Ookami


Capítulo 2 Colina arriba


El ruido de sus pisadas era engullido a medida que corría por la ladera, saltando y resollando silenciosamente de peñasco en peñasco.  El río negro corría muy bajo sus pies, más allá de lo que su vista alcanzaba. Solo el suave murmullo que sus oídos captaban la hacía entender el enorme caudal que se desbordaba salvaje tierra abajo. Se detuvo unos momentos, jadeando. Muy atrás quedaban sus hermanos, tras la arboleda que les servía de hogar temporal.  Volvió la vista, escudriñando la oscuridad con un par de ojos verdes encendidos en el medio de la noche.

Faltaba muy poco para alcanzar la cima.

Siguió su trote rápido, escalando las salientes rocosas por las que crecía suave hierba. No había animales grandes en esa zona. Las cabras que serían capaces de escalar esas roquerías con naturalidad se hallaban a kilómetros de distancia, aún internadas en lo profundo de las montañas, muy lejos de su bosque como para ir a buscarlas. Pequeños conejos, escondidos en sus cuevas de sus mandíbulas siempre hambrientas, eran los que poblaban esas soledades azotadas por el viento. La altura no era suficiente para que el invierno fuera crudo, o la nieve eterna, pero el viento desestabilizaba en ocasiones sus pies seguros y mantenía a raya a los animales grandes que intentaran adentrarse descuidadamente por esos lugares.  Alcanzó una roca plana que servía de base a una pequeña planicie en el camino de subida. Nuevamente se detuvo, registrando el cielo para medir el tiempo que había gastado en el ascenso.

Debía estar de regreso para el amanecer.


Cuando el río negro se tornara nuevamente cristalino.

Y sus hermanos se despertaran, preguntándose por la cacería de ese día.

La estrellas no habían recorrido gran parte del cielo, tenía horas y horas antes de que fuera necesario el descenso. Se puso nuevamente en marcha, cortando camino por un sendero imperceptiblemente trazado para el ojo ignorante. La roca seguía una veta oscura, que trazaba un sendero que se desviaba hacia la derecha. Lo habían marcado las patas de su familia desde hacía generaciones, siempre a la espera de la luna escogida para alcanzar la Madre, la Raíz.

En su caso la luna nueva, la oscuridad completa de las noches desnudas.

Siguió el sendero, su lengua afuera refrescando su cuerpo de la escalada. Cuando finalmente alcanzó el fin del recorrido se sentó, mirando inquisitivamente la piedra adornada por la pequeña muesca. Era la tapa de su secreto.

Un secreto pasado por generaciones y generaciones.

El que los mantenía unidos a esos territorios.

Cinco dedos aferraron la pequeña muesca, levantando la pesada piedra.

Al amparo de la noche la mujer sonrió, poderosos caninos rompiendo incuestionables en su sonrisa, demasiado abierta para seguir siendo humana.

////

Completó una vuelta más antes de rendirse y regresar, desandando el camino recorrido y regresando con su manada. Necesitaba una excusa para su comportamiento. No le era ajeno cazar a solas, pero llegar sin una presa sería demasiado extraño como para tener el resto de la tarde en paz. Desvió sus pisadas hacia el río pequeño que los abastecía de agua. Saltando un tronco caído alcanzó la ribera del río, cubierta de pequeños matorrales antes de las rocas que marcaban el curso del cauce. Entre ellas se escondían ratas, conejos y otros pequeños animales con los cuales podría saciarse de momento y llevar algo de comer a sus hermanas pequeñas.  Se detuvo sobre un gran peñasco, cuidando que su figura no fuera reflejada por las aguas en ese remanso de la corriente.

Sólo debía ser paciente, tarde o temprano un animal correría bajo sus pies, necesitado de agua.

Y sus mandíbulas sería lo último que sentiría antes de exhalar el último respiro.

Sentada, atenta, con la espalda recta, esperando.

Aún en esa posición podía darse el lujo de pensar, su cuerpo acostumbrado a reaccionar, actuaría por su cuenta en cuanto la presa apareciera. No era necesario esmerarse tanto cuando la vida no corría peligro.

Su mente volvía a las imágenes que la carcomían hacia tiempo. La niña ya joven que seguía acercándose al bosque, que seguía buscando el amparo de un lugar tan peligroso para ella.

Ella la había encontrado, por casualidad, hacía un par de años. La primera y la única de su clan que la había visto. Si el resto se enterara de la situación era probable que organizaran una partida, una cacería. Algo para ahuyentar a la humana de sus dominios.

No matarla.

La venganza y la sed de sangre cuando se derramaba la vida de un humano eran mortales. Exigían al menos cuatro veces lo perdido para sentirse satisfechos.

Y ni su familia, ni ella, podían entenderlos.

De una manera u otra estaba siendo desleal, debía de avisar al resto. Si un humano se aventuraba dentro de sus terrenos tarde o temprano traería a otros. Y el peligro latente que escondían no tardaría en desencadenarse.

Hambre.

Muerte.

Enfermedades.

Su orgullosa raza no estaba hecha para convivir cerca de esas criaturas.

Pero no se decidía, no quería.

No se entendía.

Pero deseaba seguir viendo los ojos extraños de esa humana.

De una manera extraña sentía un vínculo hacia ella, como si de la primera vez que la viera algo las uniera de manera indisoluble. No podía explicárselo, no podía comprenderlo. Pero estaba ahí, no para ser explicado o comprendido, sino vivido y aceptado.

Saltó, atrapando la enorme rata de agua que se aventuraba fuera de su escondite.

Se desvanecía, cuando intentaba mirar hacia ello y asirlo entre sus dientes se perdía. Incluso más difuso que el reflejo que ahora su cuerpo proyectaba sobre el agua.

Engulló al pequeño animal, limpiando con su lengua la sangre que salpicó el pelaje de sus patas.

Dos otoños completos y parte de esa primavera. Esa era la primera vez que la había visto. Si la mujer tuviera más cuidado y abriera más los ojos vería el sendero que había trazado alrededor suyo, cuando caminaba en círculos, observando sus rasgos desde todos los ángulos posibles. No se cansaba de ello. Le gustaba observar sus mejillas suaves, su frente pálida, un mentón recto, su boca con la marca de una sonrisa estática trazada a sus alrededores. Le gustaba mirarla, luego la recreaba, con seguridad absoluta.

Conocía a esa humana más de lo que se conocía a sí misma en ocasiones.

O por lo menos eso creía.

Y sentía el aroma, suave, cuando el viento lo acarreaba. Le avisaba de su inevitable presencia y ella se escabullía, contentándose con ratas de agua, demasiado fibrosas y amargas para su gusto.

Atraída por el olor de la sangre, una serpiente reptó cerca de ella. También la alcanzó, sin hacer diferencias entre especies o razas. Todos eran presa en ese bosque, nadie se opondría al poder de su familia, nadie podía oponerse ante los lobos que cruzaban esas tierras.

Excepto los humanos…

Pero ellos vivían más allá de sus terrenos, en los confines de una planicie inagotable.

Con el cuerpo de la serpiente bamboleándose entre sus colmillos reemprendió el viaje. Su familia esperaba.

////

-¡Natsuki, dónde estabas!- El pelaje oscuro, casi negro, de su Alfa restrelló en la luz del atardecer. Los ojos oscuros, pero no negros, la examinaron. Tras la dureza de la pregunta se podía leer la naturaleza profunda y bondadosa de su líder, más dada a la reflexión pausada que a las respuestas rápidas e iracundas que solían caracterizar a sus líderes. La aludida abrió el hocico, un conejo aún tibio cayó al suelo, como excusa a su desaparición.

Era la cuarta vez en cinco meses, ¿Pero qué podía hacer ella si la humana seguía viniendo con más frecuencia?

El lobo olisqueó la presa y luego dejó escapar un resoplido. No le llamaría la atención, seguramente la dejaría ser. Le bastaba con que intentara darle algún tipo de explicación. Después de todo, Natsuki no era alguien que obedeciera o presentara excusas porque sí. Observó cómo se perdía, su cola a ras de suelo. Tomó la presa y se alejó, el pequeño animal quedaría bien para los cachorros aún inexpertos en despellejar animales grandes.

Natsuki caminó a paso tranquilo hasta un enorme árbol que extendía sus raíces sobre el suelo. Le gustaba echarse bajo esa maraña de ramas y ver el mundo recortado por ellas. Escurrió su cuerpo en una abertura apenas suficiente para dejarla pasar, echándose en una alfombra de pasto aplastado que ya tenía su forma. Desde allí podía observar al resto de la manada en su ajetreo diario sin que la observaran ellos del todo. Podía responder rápido si la necesitaban y, lo más importante, podía escabullirse hacia la inmensidad del bosque cuando deseara estar sola.

O cuando el viento se torna violeta.

Violeta. A pesar del color de su pelo o sus ojos ese era el color que le había adjudicado a la esencia de la humana. Un cargado perfume color violeta, como el cielo antes de tormenta eléctrica.

Su estómago se removió, insatisfecho, pero hizo caso omiso. No sentía deseos de cazar ese día y no pediría los restos, si es que quedaban, de la caza. Prefería aguantar el hambre hasta la próxima vez que la manada se moviera en la búsqueda de algo para comer. Apoyó su hocico sobre sus patas delanteras y cerró los ojos, tratando de dejarse llevar por el sueño.  Imágenes distorsionadas del día ocupaban su mente, divagando sin sentido de recuerdo en recuerdo.

Adormilada se dejó llevar por la corriente sin sentido que la atrapaba. Quizás, con ella, podría descansar por unos momentos antes que su mente se abriera nuevamente al abismo de posibilidades sin respuestas.

Tenía que visitar la montaña.

La siguiente noche de luna nueva lo haría.

Cuando el cuerpo no lo sintiera caliente y adormilado.

-Nat… Natsu… Natsuki- Alguien la llamaba, una de sus orejas se giró, inconscientemente. Podía reconocer la voz y el olor que se aproximaban, pero no deseaba levantar sus párpados. La pequeña tendría que esperar al día siguiente si quería escucharla.

Ahora no existía nadie definido en la maraña de olores y rostros que componía el mundo.

La cachorra observó a su hermana. La loba dormía, su pelaje azul oscuro se confundía con las sombras que se extendían alrededor del escondite a medida que la noche tomaba su lugar. Pisando con cautela el lecho de hojas secas y tierra se acercó a ella, acomodándose a su lado para pasar la noche.

Estaba segura que Natsuki había olvidado que ese invierno se cumpliría el tiempo para encaminarse a la montaña.

////

La mujer examinó nuevamente la ventana, parecía imposible, pero el animal había escapado usando el resquicio que daba al patio y, en una exhalación, había desparecido de su campo visual. La mujer observó el lugar, una mano sobre la tibieza que había dejado el cuerpo del lobo al registrar la madera, no veía la brecha por la que había logrado escabullirse. Pero debía estar ahí, oculta, inadvertida para los ojos que miraban sin ver. La idea de seguir el rastro y averiguar esa brecha jugueteó unos momentos por su mente antes de desecharla. El sol ya se estaba poniendo y no quería llamar la atención innecesaria sobre ella.

La atención indeseada sobre ella.

En el mundo bullicioso que la rodeaba estar silente era la mejor arma que poseía para mantenerse al tanto de lo que ocurría en los asuntos gubernamentales de su padre.

Su padre…

Una mano que no parecía la suya se crispó sobre la madera, apretando los dedos sobre ella hasta que las uñas perdieron el color y la sangre.

Su padre.

Con una leve sacudida de cabeza intentó alejarse de esos pensamientos, de esa situación. No valía la pena preocuparse por ellos en ese momento.

No cuando no podía hacer nada por cambiar la situación en la que se encontraba.

Bajó la vista al delicado entramado que conformaba el suelo de su habitación. Sobre él las marcas oscuras de las huellas del animal seguían frescas, tibias. Se arrodilló junto a ellas, posando suavemente la palma sobre la más clara. La marca casi cubría su mano.

Eran patas enormes.

Era un animal enorme.

Uno que, increíblemente, había huido al verla entrar, casi con una expresión de sorpresa y vergüenza trazada en su rostro alargado.

Shizuru limpió cuidadosamente el piso, borrando todo vestigio de la presencia del lobo en su cuarto.

¿Por qué no había gritado?

¿Por qué ahora borraba la existencia de la visita?

Podía ser peligroso, muy peligroso. Si el animal regresaba y la encontraba sola acabaría con ella sólo cerrando sus mandíbulas una vez.

Pero… no, no me lo explico. Observó su trabajo, el suave color oscuro inmaculado, sin rastro alguno de la suciedad que cargaba en sus patas la bestia. Suspirando se levantó, nuevamente hacia la ventana.

No se lo explicaba y no quería explicárselo.

En esos momentos el sol terminaba de ponerse en el horizonte.

Ni siquiera quería pensar en ello. Como si nunca hubiera ocurrido, como si nunca hubiera salido de su rutina, su aburrida rutina, la mujer cerró la ventana e inició el largo proceso para alistarse y reunirse con su padre y hermano para la cena.

Una cena en la que permanecería en silencio, escuchando sin opinar, viendo como esos dos hombres empezaban a destruir el destino de su familia.

En silencio.

Como un adorno más que hiciera sobresalir la fortuna y el buen gusto de la familia.

La flor más hermosa aún conservada en su tallo.

Frente al pequeño espejo en el tocador observó su reflejo cansado unos momentos antes de tomar su pelo e iniciar el proceso de convertirse en un adorno. El que le permitiría, al menos, el favor del oído.

Sin embargo, esa noche, mientras seguía atentamente el intercambio de impresiones entre su hermano y su padre sobre los últimos movimientos del emperador una parte de su mente no podía despegarse del lobo oscuro.

La inquietante visita que había interrumpido, abruptamente su día.

Su rutina.

En buena parte toda una seguridad derrumbada por ese animal extraño.

Conteniendo un suspiro, intentando mantenerse en silencio y anonimato, tomó otro bocado entre los palillos antes de comerlo recatadamente.

Su atención otra vez con su padre y su hermano.

Las nubes de tormenta se armaban en todos los frentes a los que miraba, al parecer.

Se encontró deseando estar otra vez en su remanso, en el bosque.

Muy lejos de allí.

////

Tropezó en una de las ramas sobresalientes del tronco, perdiendo el equilibrio y rodando por el suelo

Una

Dos

Tres

Cuatro volteretas antes de perder el impulso de su carrera y quedar tendida en el suelo, respirando agitadamente y maldiciendo en silencio el dolor de su cuerpo magullado.

La había visto.

La había visto.

Se habían visto.

Se levantó, ponderando el daño sobre su cuerpo, una de sus patas adolorida por el golpe, una pequeña herida sangrante en un hombro, nada serio. Volviendo la vista atrás una punzada de duda atenazó sus entrañas.

3 comentarios:

tom-ash ketchum dijo...

Buen capitulo, espero saber pronto que ha sucedido con Natsuki, y si a quien vio es justamente quien estoy pensando.

Anónimo dijo...

Ahhh ya quiero que interactuen entre ellas! *-*

Anónimo dijo...

demaciado bueno y misterioso todo me gusta bastante y si haver cuando ellas interactuan estare pendiente del proximo capi.....

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