Corriendo por tu vida.
Capítulo 3.
Hace mucho tiempo conocí a una niña cuyos ojos verdes reflejaban la tristeza y la amargura que podrían parecer imposibles de padecerse a tan tierna edad. Un tremendo dolor era reflejado en esos ojos, que al verlos a primera instancia, cualquiera hubiese pensado que era ira y no tristeza.
Cualquiera que no supiera lo que es estar sola a tan corta edad, cualquiera que desconozca el hecho de ser diferente a los demás, por el simple hecho de haber perdido lo más importante que todo ser humano necesita para sobrevivir en este cruel mundo. Natsuki Kuga perdió a su madre y solo yo podía entender ese sentimiento, puesto que estábamos en la misma situación.
Huérfana como era, Natsuki pasaba horas y horas frente a la ventana del salón de clases, nadie se le acercaba, a nadie le importaba tampoco. A diferencia de Natsuki, quien se había encerrado en sí misma para no volver a mirar a cualquier otro ser humano; yo opté por convertirme en el centro de atención del grupo sin proponérmelo. Tenía a Takumi, mi hermano, por lo tanto no podía dejarme derrotar tan fácilmente, él era todo lo que tenía.
He sido yo quien decidió sacar a Natsuki de su ensimismamiento, siendo la única capaz de retar al lobo a salir a jugar. Natsuki me miró con extrañeza, dijo que no jugaría con nadie, pero no me dejé engañar por un argumento tan soso como ese. Le tomé la mano y la arrastré fuera del salón de clases hasta donde las demás se encontraban. Le presenté a mis amigas y le pedí que jugara con nosotras, Natsuki volvió a negarse y es más, emitió un gruñido que asustó a las demás, seguido de una carcajada maléfica. Su risa se cortó al ver mi mirada, sin decirle nada había reprobado su agresiva conducta, pero no sólo fue eso lo que le llamó la atención a Natsuki. Probablemente ella vio en mí, lo mismo que yo veía en ella, un aire de soledad y despreocupación que sólo nosotras entendíamos a la perfección. Kuga Natsuki se convirtió en mi mejor amiga entonces.


